¡Sorpresa, mi amor!

La vida tiene un sentido del humor que no a todos les gusta, sobre todo a aquellas personas que son las víctimas de sus crueles bromas. Nunca sabes cómo, cuándo y dónde te sorprenderá, simplemente recibirás el golpe. Algo así me sucedió hace un par de meses, cuando estaba más enamorado que nunca, pero el destino decidió que no era mi momento y tuvo la ingeniosa idea de herirme de muerte, en sentido figurado, para ponerle fin a todo. No había otra salida, bueno, sí la había, pero era aceptar una traición, perdonar lo imperdonable.

Conocí a Fabiola hace tres años, cuando yo me encontraba en pleno ascenso laboral, pues había conseguido un muy buen puesto y con un salario que me permitía comenzar a pensar en una familia. Salimos un par de meses y fui enamorándola poco a poco, hasta que la llama se encendió y ambos estábamos perdidamente enamorados el uno del otro. Nos hicimos novios y después de dos años y medio de relación, le propuse matrimonio. Ella dudó el día que se lo pregunté, pero terminó aceptando. Me hizo el hombre más feliz de la tierra. Teníamos planeado casarnos en un año, pero un imprevisto nos obligó a reajustar la fecha y decidimos casarnos en seis meses o antes. Se hizo una prueba de embarazo y salió positiva. En una ocasión no nos cuidamos, como casi siempre lo hacíamos, y ella quedó embarazada.

Ella no quería tener al bebé antes de la boda o estar en los últimos meses de gestación, por eso cambiamos la fecha. Sin embargo, no se cuidaba tan bien como debería, pues seguía inmersa en estrés debido a su trabajo, corría de aquí para allá, usaba tacones y había ocasiones en las que no comía bien, por lo que las consecuencias no se hicieron esperar. Un fin de semana, mientras descansábamos en la casa, sufrió un desmayo, por lo que inmediatamente la llevé al doctor. Ahí la atendieron y la estabilizaron, pero nos comentaron que al bebé le hacía falta sangre, pues la de la madre no le era suficiente, ya que no tenía los nutrientes necesarios. Como el padre me pidieron que hiciera una donación para el feto, inmediatamente acepté, pero antes de la transfusión, debían hacerme unos análisis para descartar cualquier enfermedad o problemas como mi sangre. Pasaron un par de horas y el médico volvió con una cara en la que se podía ver desconcierto y preocupación.

“Lo siento, señor, pero no puede ser donador para el feto”, dijo el doctor. Pregunté si había algo mal en mi cuerpo o con mi sangre, y el doctor sólo negaba levemente con la cabeza. Parecía que quería decirme algo pero no sabía cómo o simplemente no se atrevía. “Casi todo está en orden, pero no es compatible con el feto”, añadió. Yo sólo quería que dejara de decirle “el feto” y dijera “su hijo” o algo así. “Es que…”, un silencio incómodo llenó la sala. “Es que… usted no es el padre”. Fue en ese instante que mi mundo se vino abajo.

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