El terror de conocer a los papás de tu novia

El miedo de todo joven es que cuando ya tienes una relación de algunos meses con tu novia, en algún momento llegará la temida invitación, aquella que todos le tienen miedo por no saber a lo que se enfrentarán y provoca pesadillas. Sólo preparas tus sentidos para cuando salga de sus bellos labios la invitación para ir a su casa y conocer a sus padres. Una melodía tétrica retumba en tu cabeza, no puedes negarte, pues en algún momento deberás conocer a los papás de tu chica, así que aceptas, con un hilo de voz que te quedó y comienzas a contar los días, las horas y los segundos para reunirte con tus futuros suegros.

Recuerdo cuando mi novia, quien ahora es mi esposa, me hizo la propuesta de ir a comer con ella y ahí me presentaría a sus progenitores. Llevábamos cuatro meses de relación y era el momento de formalizarlo ante sus viejos. Cuando acepté asistir, hizo el primer comentario que te taladrará la cabeza cada noche y que te provocará las ganas de declinar la oferta y no ir. Me advirtió que su padre era un poco especial con sus novios, lo cual era de entenderse, pero lo que no entendía es a qué se refería con especial. Antes de dormir pensaba en las posibles preguntas que me harían y lo que les contestaría, planeaba temas de conversación y otros que debía evitar, también me imaginaba a su padre viéndome con ojos de ‘te quiero matar’ o ‘te mataré si no dejas a mi hija’, etc. Las pesadillas nocturnas y las del día no cesaban, yo estaba muy nervioso por conocerlos, pero más nervios me daban cuando suponía que no les caería bien o que me compararían con sus otros novios.

El día llegó y fui a su casa, donde me recibió muy afectuosa mi novia y detrás de ella estaba su padre, parado con los brazos cruzados, como mostrando virilidad ante el ladrón que se llevará a su hija en unos años. Intenté que no me temblara la mano y se la extendí para saludarlo, el señor respondió con demasiada fuerza. Lo siguiente fue irnos a la mesa, que era uno de esos comedores de mármol tan relucientes que podía ver el reflejo de mi rostro pálido y nervioso. Después salió su madre de la cocina con los platos para la comida, así que me levanté y fui a ofrecerle mi ayuda, la cual aceptó y al tomar un par de platos, casi tiro uno, el gesto del padre era atemorizante, parecía que me quería comer. No imagino la vergüenza que hubiera sentido si hubiera tirado la comida y roto el plato.

La verdad es que la comida fue muy amena, al principio sólo su padre sí parecía el policía malo interrogándome, mientras mi suegra era la buena. Me decía que a que me quería dedicar, si me gustaba el alcohol, cuáles eran mis pasiones, etc. Quizá mis respuestas fueron las correctas porque se fue relajando, incluso terminamos tomando una botella de Torres 10 que le regalé y platicando de futbol, ambos somos aficionados del poderosísimo América.