El manjar de los mexicanos, el infierno de los extranjeros

¿Con salsa? ¿Picante, joven? ¿Rajas o chipotle? ¿De la que pica o de la que no pica? Estas son algunas de las preguntas que nos haces los encargados de servirnos las comidas callejeras más sabrosas de nuestro país. Muy pocos son los que pueden sobrevivir sin comer algo que nos enchile, está en nuestro genes. Pero lo que es un manjar para nosotros, para los extranjeros que nos visitan puede ser un verdadero infierno.

Hace unas semanas vino de Noruega una amiga y trajo a su novio, un vikingo al cien por ciento. Ella me contaba que en aquel país no acostumbran comer demasiado chile, por lo que le recomendó a su pareja tener cuidado con lo que consumía, pues tanto dulces como alimentos aztecas en su mayoría contienen picante. Pero al hombre poco le importó y venía decidido a comprobar que la comida mexicana es de las más exóticas y picantes. Yo no le iba a negar tal derecho y lo llevé desde restaurantes conocidos hasta los tacos de la esquina. Después de comer tacos de guisado como bienvenida para mi amiga, los cuales contratamos en un local que brinda taquizas para fiestas, decidimos ir a uno de los locales donde vendían los famosos taquitos mexicanos de pastor, suadero, longaniza, campechanos, tripa, etc., el novio de mi amiga decidió entrarle con todo. Pedía órdenes de cinco tacos con salsa, le advertí que esta salsa en especial era para bajar la borrachera, pues estaba muy picosa, pero dijo que él podía soportarla, aunque claro que fue una mentira. Por cada orden se tomaba casi un Boing completo, pues decía que el refrescó le provocaba más picor. Después de 15 tacos se quedó sin lengua, le ardía hasta lo más profundo de su ser y cuatro botellas de Boing vacías eran los restos de un intento por contrarrestar la salsa brava.

Al llegar a mi casa, donde se iban a quedar un par de días de sus vacaciones y el resto se irían a casa de mis padres, los tacos hicieron efecto y le comenzó a doler el estómago, por lo que tuvo que correr a máxima velocidad al baño, el cual se convirtió en su mejor amigo. No salió de ahí en horas, y cuando lo hizo, tuvo que regresar a los pocos minutos. Sobre advertencia no hubo engaño. En su afán por comer uno de los alimentos más deliciosos que hay en nuestro país, se enfrentó al infierno que éstos pueden significar si no estás habituado a ellos, y menos a la salsa, que suele estar condimentada en demasía.

Tardó poco más de día y medio para recuperarse, gracias a los medicamentos que tenemos en casa y que son muy recurrentes en las familias mexicanas para cuando algún miembro se enferma del estómago, ya sea de vómito, diarrea o algo por el estilo. Después del calvario, el novio vikingo de mi hermana dejó su hombría de lado y decidió ya no comer más picante en lo que restara de las vacaciones, pues no deseaba volver a enfermarse. Así que quedó demostrado que para lo que nosotros es una delicia, para los que vienen de lejos podría significar una visita a alguno de los círculos del infierno de Dante.

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