¿Combatir la depresión con embolizaciones?

Existe un tratamiento bastante agresivo para las personas que sufren de depresión y además tienen pensamientos suicidas, este es a base de embolizaciones. Hoy quiero platicarles sobre este y aunque no soy un especialista en el tema, lo viví muy de cerca hace algunos años y me hizo pensar en si esta enfermedad se debe combatir con este tratamiento tan abrasivo. Supe de buena fuente que los resultados han sido en su mayoría positivos, otras veces no tuvo el efecto deseado y en muy contados casos no se recuperó la otra persona y hubo algunas que decidieron quitarse la vida debido al sufrimiento de cada una de las sesiones de embolizaciones.

Comienzo con mi historia. Hace algunos años conocí a un chico, muy lindo y amable, un caballero de los que ya no existen. Parecía ser el hombre perfecto, pero por dentro peleaba contra un monstruo llamado depresión, cuyas armas eran los pensamientos suicidas, los cuales debía vencer para no cometer una locura. Después de dos meses se me declaró y acepté ser su novia. La vida transcurría normalmente hasta que toda su vida se volvió oscura pese a que todo era color de rosa en nuestra relación. Me decía que no se sentía bien y que debía confesarme algo antes de que se enterara de la peor manera. Me contó sobre sus pensamientos y el evento que lo desencadenó todo, la muerte de una de sus exparejas, quien estaba embarazada. La chica en cuestión decidió abortar a escondidas de él y lo hizo de mala manera, por lo que ambos perdieron la vida. Él no se perdonó el no haberla apoyado con el aborto y toda la vida se ha culpado. Después de que me contó esto, desapareció.

Una mañana fui a visitar a su madre, quien estaba metiendo unas cosas al auto, unas maletas. Le pregunté qué estaba pasando y me dijo que llevaba a embolizar a su hijo, pues volvieron los pensamientos suicidas. Me pidió que me fuera porque a su hijo no le gustaba que lo vieran durante el proceso. Me fui, pero a la distancia lo vi salir, estaba poniéndose la capucha de la sudadera sobre su cabeza rapada, tenía un semblante pálido y pude notar un temblor en su mano derecha. Corrí hacia él y lo abracé con fuerza, aguantándome las ganas de llorar y le dije que superaríamos esto juntos. El sólo sonrío, asintió y se metió al auto. Yo los acompañé.

El tratamiento no pude soportarlo, caí rendida y llorando sobre una de las sillas plegables acojinadas frente a un cristal donde le realizaban el tratamiento. Lo ponían en una cama, lo amarraban de pies y manos y comenzaban a inyectarle un líquido en las venas de los brazos mientras leían su cerebro con unos aparatos conectados a su cabeza, como chupones que le succionaban sus pensamientos. Se estremecía al principio, después temblaba con mayor fuerza, hasta que llegaba al grado de convulsionarse y gritar. Su madre me explicó que durante los procesos llega a tener episodios de alucinaciones, dice que ve bebés muertos o a su novia llorando mientras agoniza. Algo terrible de soportar durante las sesiones de un tratamiento que necesita entre 6 y 7 de ellas al mes o durante dos meses. ¿Vale la pena? Mi novio sigue con vida, pero los pensamientos aún siguen, pero no se ha dejado vencer.